Mi Novia Ficción (espagnol) por Iván Blas Hervias

Mi Novia Ficción (espagnol) por Iván Blas Hervias

16 février 2017 Non Par admin

Mi Novia Ficción

 

Por un buen tiempo en el ghetto, mis amigos creyeron, afirmaron y confirmaron que mi novia, esposa, amante o concubina se llamaba Alesia. Todo fue a raíz de un vago comentario luego de que me trasladara a vivir en aquel parisino barrio del distrito 14, Alesia o también conocido como Le Petit Montrouge. Fue en una recepción x, recuerdo, en que alguien me preguntó a boca de jarro: ¿Y, qué dice Alesia? A lo que autómata respondí: Bien, bien, por ahí nos vamos acostumbrando. Obvio, lo decía para estar a tono pero, en referencia a la nueva zona que acababa de mudarme, c’est-à-dire, por las inmediaciones de la estación de metro que lleva el mismo nombre. Eso fue suficiente para que la esposa de don Anselmo, la señora chismosita -como le decíamos entre narices-, metiera su cucharita. ¡Oh, jóvenes, a las buenas o a las malas, uno siempre se termina acostumbrando. Fue categórica, rotunda, irrebatible. Y nadie, en ningún idioma esclareció que la cuestión era sesgada. Tampoco yo me atreví a corregirle en ese momento y, cuando quise aclarar en algo la chacota, fue demasiado tarde. Ya dos chicas se habían retirado unos metros de mi silla argumentando que era preferible mantenerse a cierta distancia de los hombres comprometidos. Vaya, me dije, un poco avergonzado, en tanto buscaba conversación con don Anselmo, pese al súbito bullicio que invadía los tímpanos. Opté por seguirles el juego; después de todo -pensé-, las dudas caen por su propio peso. Error, este no sería el caso sino toda la antitésis de mi pensamiento. Y aquella tarde otoñal, de calles brumosas pero de amable visita y camaradería en el ghetto hubo incluso un momento crucial en que se brindó solemnemente por Alesia. ¡Por mi estación, mi nuevo barrio, o mon nouveu quartier!, exclamé para cortar con el mal rollo y despachar las dudas por el vertedero pero, un mal intencionado profirió suspicaz: ¡Ah carajo!, ahora a las parejas se les llama estaciones, quartieres, barrios… ¡Qué buena raza, por dios! Escuché un breve reproche femenino.

Ese es el costo de vivir en la banlieue, en las afueras, en los arrabales, iba a decirles al instante, pero me contuve, ello me hubiera costado un arriesgado rechazo unánime. Don Anselmo, esposo de la señora chismosita quien a menudo suele ser el más atinado de pronto se fue por la tangente aquella vez cuestionándome severo; por qué diablos no había traido a la Alesia. ¡Dice que se están a costumbrando!, replicó por mí la señora chismosita. Y, cuando la señora de don Anselmo abría la boca… Madre mía.

Me rendi fácil ante esta treta de marras que de alguna forma tomaba la figura de cereza en el pastel, donde terminé siendo el punto. El tipo de la pregunta del millón: ¿Y qué dice Alesia?, había desaparecido como un espectro, quizá con la disparatada idea de haber puesto sobre el tapete una grata revelación.

Así pasaron días, semanas, meses, pero en adelante, cada vez que me vieron ires o venires con alguien suponieron que se trataba de Alesia, en huesos y carne. Les dije miles de veces que estaban errados de aquí a la china, que era una bufonada burda pero ellos, dale, -como dicen en mi país de origen- como la mula al trigo. Y necios, tercos, tozudos insistían incrustados en sus trece.

¡Pampa de bufones! Despotriqué una noche en la pizzería del marroquí, Rachid cuando en el colmo de las mofas me enteré que desde hacía buen tiempo me llamaban, Alesio. Al principio era, entre narices, pero luego abiertamente, a grandes letras.

La amistad suele ser contemplativa muchas veces, será quizá por eso que terminaba entendiendo, relativizando las cosas, salvo una vez.  Sí, salvo esa vez en un centro comercial en Chatelet, donde por casualidad: ¡Mira, mira quién está, Anselmo! percibí la voz aguda que chillaba a mis espaldas; giré sin soltar la manita de la niña de 3 años que me jalaba hacia adelante. ¡Ay qué sorpresa Alesio. Chocho estás con tu Alesita, pué! Exclamó grandilocuente la señora chismosita, dejando por sentado que aquella criatura era mi hija, y reclamándome feo el por qué no la había presentado al ghetto. ¡Claro! Para qué a la chusma dirás. Ya pariseño también te estás volviendo… Me pareció un espectáculo bochornoso. Y aquella vez no pude; los límites llegaron a cero: Mire, le dije. Con el mayor respeto de madre, mujer y compatriota que se merece, déjese por favor de hablar boludeces -me salió un argentinismo espontáneo- Ahora permítame que aclaro un poco el tablero: la dama que ve venir con el caddie es mi vecina con quien hemos coincidido por los azares del sábado. Si esta niña se pega a mí es porque me ve seguido y a menudo subo o bajo su cochecito porque el ascensor es demasiado estrecho… Quise continuar mi relato pero caí en la cuenta que estaba entrando en detalles y que la señora chismosita se reía prácticamente en mi cara, proclamando alegre y muy suelta de huesos que su boca da cuenta de lo que ve. Claro, claro, la comprendo… asentí mesurado. Pero en lo posible estimada señora, cerciórese bien antes de lo que piensa decir y así se evita de andar hablando burradas, la amonesté como juez de primera instancia. Ah ja, ja…Ah ja,ja… Ya que hablamos de burros y alfajores, allá va uno cargadito, pué, dijo señalando al frente de los congeladores; entonces vi a don Anselmo que empujaba su carrito repleto rumbo a la sección de embutidos. Pucha usted si que es irreverente señora, le dije, pero ella partió de lo más feliz, recomendándome desde la sección de licores que le eche ojito a la biblia, recordándome estentórea el versículo: todo hombre abandonará padre y madre para constituir en otro ser una nueva carne.

Me dirigí a las cajas automáticas con mi cesto plástico semivacío, y vi que Clemence -madre de la niña- le lanzaba un guiño y le esbozaba una sonrisa glamour a la señora chismosita desde su fila; très sympatique ta compatriota, comentó Clemence, mi vecina, y el caso quedó como una nota cómplice entre ellas.

Días, semanas, meses pasaron por los puentes del tiempo. Y recuerdo bien que en ese intervalo se produjo un devastador terremoto en Pisco, al sur del Perú. Yo me sumé a la campaña de solidaridad convocada por un colectivo humanitario donde formé parte de la comisión de colecta y clasificación de medicamentos. La mayoría en el grupo eran chicas, de modo que con ellas se estableció una relación fluida en que íbamos, veníamos, nos citábamos, nos comunicábamos todo cuanto era necesario en pro de nuestra causa por las víctimas. Hasta aquí las acciones de esta cruzada benévola al tiempo que avanzaba, se fortalecía, resultaba amena. Sin embargo, nadie sabe cómo rayos, truenos y centellas, cómo caracoles y pulpos en su tinta, -entre narices también-, alguien de las comisiones paralelas empezó a llamarle las alesias a las chicas de la colecta médica sin la mínima pizca de respeto.

Evidentemente que esto iba tomando un cariz agravado y no iba a cesar tampoco de manera dialéctica, pero, cómo encontrar alguna fórmula para evitarlo; callar es otorgar -reza el proverbio- mas exponer el origen de esta historieta absurda era afanoso, pueril, esteril. La leyenda estaba armada, y tripas-corazón habría que sortearla con la mayor inteligencia que requería el asunto.

¡Qué escena estrafalaria, caramba! ningún ente femenino que en alguna oportunidad anduvo o se vio conmigo se salvó que la llamasen Alesia, aunque renglón aparte siempre será Yohana de Colombia quien en la pizzería del marroquí le paró en seco a uno de los amigos del ghetto: ¡Pero qué Alesia, Alsacia ni ocho cuartos, marica, a mi usted no me confunde con cualquiera sabe…luego le mandó a mamar gallo y, a mí, a que arregle bien mis asunticos con la bruja de Alesia. Intenté argüir todo cuanto pude sobre el barullo montado pero me quedé con la pizza fría, la cerveza a medio terminar sin saber qué diablos hacer en esa barra grasosa de madera rústica. El amigo del ghetto huyó espantado como con el rabo entre las piernas, luego volvió  a disculparse conmigo; sólo le he dicho chin-chin Alesia, yo soy nuevo por aquí hermanito, a mi me dicen algo y yo tonto me lo creo. Pero Yohana era así emotiva, pasional, un arrebato de fuego.

Desde aquella vez me ausenté por un tiempo mucho más prolongado del ghetto, es decir: permanecí en Alesia, mi entrañable barrio en el 14, redescubriendo nuevos vericuetos, históricos-legendarios; me enteré que por ahí habían morado: Brassens, Picasso, Atahuallpa Yupanqui, Coluche, Diego Rivera, Man Ray, “Horacio Oliveira”, André Breton, Hemingway, Henry Miller, Blaise Cendrars, Paul Gauguin, Apollinaire, Antonin Artaud, hasta el mismísimo Vladimir Ilich Ulianov, Lenin, y, por el boulevard Rapail el gran César Vallejo con su Georgette de junco y capulí. La lista de celebridades es mucho más larga, por supuesto pero en fin…

Al cabo de una buena temporada volví. Una invitación formal, por correo certificado, con nombres y apellidos correctos el conserje deslizó bajo la puerta una mañana. Tres motivos puntuales contenía la invitación; la hija de la señora chismosita acababa de obtener su tan anhelada nacionalidad gala, un estudiante -casi anónimo en el ghetto- le arrancaba un master a la Sorbona Nouvelle en un tiempo récord, el tercer acto era un Baby Shower; kiko y pepa serían futuros padres de mellizos. Al principio dudé, pero finalmente acepté ir con Marienne Fernanda o Marie Fer como le decimos, una amiga franco-española, nieta de republicanos que, a veces sí, a veces no, pero siempre una buena camarade.

¡¡¡Alesio!!! Me reconocieron enseguida, y Marie Fer o Marienne Fernanda quedó sorprendida con esta “mi nueva” identidad mientras la señora chismosita se apuraba para recibirnos con una copa de champagne fría en la puerta del garaje  acondicionado a la perfección e inclusive con luces de discoteca. ¡Tú eres como mi hijo pue, Alesio. Ya también pariseño te estás volviendo!, me dijo tomándome del brazo efusiva, calurosa. ¿Contenta?  ¡Bah sí, cómo no, mi hija a devenido nacionalista¡ ¡No mamá! ¡No mamá! Le corrigieron. Oh para mi es lo mismo, replicó la señora chismosita.

¡Y esta vez sí que tenemos por fin con nosotros a la verdadera Alesia! Anunció receptivo don Anselmo…¿Cómo, de qué habla?…Marie Fer, quedó estupefacta, no comprendía un ápice de lo que escuchaba, noté que se ponía un poco colorada, pero pronto percibió que éramos bienvenidos a la casa. ¡Je suis Marienne Fernanda ou Marie Fer, simplement! se presentó instalándose a mi lado en la parte extrema de la mesa. No sé si retuvieron su nombre o se hicieron los suecos porque en la realidad aplicada, Marie Fer o Marienne Fernanda se convirtió sin mucho trámite en Alesia para todo el mundo, y ella se dejó llevar, les siguió la corriente con buena empatía y gracia de comedia, eso sí con la salvedad que siempre mantuvo su lengua materna. Sí, se dirigía en francés pese a comprender hasta la z el frañol del ghetto. Levísima estrategia, desde luego, ya me lo había dicho en otra oportunidad que, su táctica era esa, mantener cierta barrera lingüistica para evitar ciertos lances como eventuales deslices.

Lo pasamos superbién esa tarde, se divirtió como nunca con todas las ocurrencias, las anécdotas, el parloteo incesante del ghetto. Yo estaba algo feliz, solo con cierta incógnita intermitente: me intrigaba sobremanera, qué se le puede regalar a alguien que obtiene la nacionalidad. Habíamos llevado un dvd, con una película cubana, un libro de cuentos bilingue, y una cajita de golosinas.

Casi antes de partir, desde la punta de la mesa donde nos habíamos instalados, traté de explicar de una vez por todas el affaire Alesia, era el lugar clave preciso para pasar de manera puntual a otra página, a otro capítulo mucho más productivo. ¿Y quién es entonces? Me interpelaron sobre la marcha aquellos que dentro de poco iban a ser padres coraje. Otra vez emergió la tentación de decirles que eran unos provincianos, unos periféricos, unos marginales que el único lugar que conocen a duras penas en París desde que aterrizaron, es Chatelet y la Gare de Saint Denis, pero renuncié a provocarles. Yo también había vivido un tiempo en ese ghetto por Sarcelles rodeado de pakistanís, africanos y árabes.

Alesia, dije para empezar; levanté un poco la voz como si fuera a darles una clase de Historia. Es el nombre de la última batalla en la Guerra de las Galias, donde el gran Vercingetorix opuso la más heroica resistencia al poderoso ejército Romano al mando de Julio César, quien finalmente lo derrotó tras cuarenta días de asedio…Nos gustaría seguir oyéndote, pero nosotros trabajamos. Oí decir.

Alesia en segundo lugar, es la tercera estación -viniendo de Montrouge- de la Línea 4 de metro. Zona por donde hace casi un año me he mudado, o sea mi quartier, mi barrio…¡Ah ja! escuché de golpe. Bueno, es por así decirlo. ¡Oh, hablando de la línea 4, mañana a las 4 de la madrugada debo estar como un gallo con un pie en el camión, habló bostezando don Anselmo.

En tercer lugar – carraspeé intentando ser lo más explícito posible- Y cuando empezaba por esclarecer que todo este episodio absurdo que se había armado en torno mío no era más que una burda parodia, una ficción que ha distorsionado la realidad a su antojo, me percaté que casi todos estaban cabeceando en sus asientos; intuí que por más empeño o esfuerzo que le pusiera a mis alegatos, no tenía sentido alguno. Vi en la pantalla de mi portable que se marcaban las 12 menos cuarto. Marie Fer vino, para decirme que el último tren a París pasa a las 12 con 25. Me levanté de mi sitio, la obedecí, nos despedimos de don Anselmo y la señora chismosita que en ese momento hacía fotos a su hija con el joven máster. Ahora podrás viajar tranquila a los Yunaites, le dijo el máster. Eso siempre ha sido mi sueño, sabes, le respondió ella con un aire vanidoso.

Con Marie Fer era casi una costumbre ritual tomar un café antes de despedirnos, en chez Fabrizio, un portugués simpatiquísimo cerca de la gare Montparnasse; luego subíamos a su estudio en el primer piso con un pintoresco balcón interior con vista a un patio lleno de bambues.

A pocos pasos del café, Marie Fer, me tomó del brazo, me hizo girar como para mirarla. ¿Qué pasa? Pregunté. Ella tenía los ojos un poco fulgurantes. Digité el código de entrada al inmueble: 33 A 45, ingresamos sin hacer mucho ruido. Dime, dijo con un raro acento impasible ya dentro del estudio, en tanto la luz tenue de la lámpara acentuaba en su rostro unas líneas de sombra. ¿Qué quieres que te diga? Dime, volvió a repetir, algo ronca, pero esta vez su tono era como el de un ultimatum.  Dime ahora. Y quiero que por favor nos dejemos de gilipolladas. ¿Qué sucede Marie Fer? Vamos, dime ¿quién es la mil veces puta de Alesia que no deja de machacarme horas de horas el cerebro? Fue como un disparo en la sien, un golpe seco de culata en el esternón. Me desastabilizó un gran lapso. Espera, le contesté casi sin fuerzas… Espera le fui diciendo mientras me iba hasta el balcón intentando encender un cigarrillo, ella fumaba también. Y yo había resuelto descolgarme por entre las plantas para salir a la calle por la puerta de servicio. Cuando atravesaba el patio entre los bambús escuché que me buscaba através del vidrio. Pero, joder ¿dónde mierda te has metido? ¡Hostia! ¡Hombre, a ver, si te dejas de hacer el listo, eh? Pero por favor dónde coño te has metido joder…Oh la-la-la, reclamó incómodo desde una ventana algún vecino… ¡Aleeesio, gritó con todas sus fuerzas Marie Fer cuando ya mis pasos giraban en la primera cuadra en dirección a la mano derecha.

Iván Blas Hervias