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Sentía los pasos de bienvenida y de salida también, como resistiendo el frío se me dibujó una taza de café en la pequeña mesa de madera, muy vieja y resistente por cierto. Mientras que yo pensaba en una nota que despliegue asombro, el cholo Augusto, dueño del local, se encontraba bromeando con una pareja de enamorados que se encontraba como a tres mesas vecinas a la mía. Con cada carcajada que daban se me avecinaba la hora de presentar la nota al diario en el que trabajaba, mi jefe, el señor Cárdenas, me la exigía. Todos sabían que la idea de superación estaba por debajo de un quiebre y fracaso, todas las notas que hacía semanal, no eran leídas ni por mi madre; falta de datos, investigaciones incompletas, no tenía recursos, no era de interés público. Abrí ligeramente mis piernas donde se encontraban apoyados mis codos, mi cabeza reposaba en mis puños, yo contemplaba fríamente el parquét que se encontraba descuidado, en mi mente se involucraban ideas, ¿habré cometido un error al dejar psicología? Normalmente yo era adicto al café, pero ya hacía días que ese amargor no causaba más que alteraciones en mi sistema nervioso. Al terminar mi frustrante taza de café me paré y con una risa fingida me despedí del cholo, me acomodé la bufanda tapando ligeramente mi boca, encaminé trayecto a casa. Hoy había despertado algo extraño, estoy seguro que no fue con la pierna izquierda. El aire desvelaba inocencia en mi rostro, se hacia pasar por un simple viento de invierno pues no era así, este traía algo bajo la manga, quizá un juego de ases, esas cartas juguetonas. Ya no sentía lo mismo al escribir alguna nota, ya no creía tener la razón en todo, ahora buscaba impactar y dejar perplejo con grandilocuencias a algún lector ignorante, que se le caiga la pichula de envidia a Cárdenas por mi fino estilo, todo esto era onírico, mi carta de despedida ya estaba tipeada para presentarse en mis manos, será cuando no tenga que presentarle a Cárdenas, como ya había ocurrido muchas veces.

-Al fin en mi hogar- era realmente vieja y precaria, menos mal que no pagaba alquiler, era un regalo de unos tíos que habitaban en Chincha. Decidí tomar una siesta.

Bombos, platillos y trompetas despedían mi sueño, eran las cinco de la tarde y todavía no había almorzado, me froté suavemente los ojos, la luz de la habitación impactó directamente sobre ellos, me levanté, y con mucha rapidez despedí a mi madre, le dije que ya volvía. La negra Carmen tenía mucho afecto por nosotros, todos los días a la una de la tarde no faltaba sopa y segundo para mi madre. Al darle el beso de despedida me di cuenta que mi madre estaba descalza, recordé que prometí regalarle un par de zapatos. Estallé de pena y las lágrimas ya trotaban por mi mejilla, me arrodillé contemplando a mi vieja madre, esta era fuerte no dejaba escapar ninguna lágrima, esa gota similar a la que expulsa un fregadero. Lágrima, esa que cuando la vez escapar de los ojos de una persona tu corazón se envuelve y pide perdón por los pecados. Fingiendo una personalidad fuerte salí de mi hogar en busca de comida pero me dejó perplejo el desmesurado ruido que hacía la banda musical de un colegio cuyo nombre ignoro. Con pasos largos me dirigía al chifa, gracias a estos chinos existían restaurantes como esos en abundancia. La llegada a este la interrumpió Julián, viejo amigo de la escuela, me comentaba de trabajos de carpintería, creo que mi necesidad era notoria, y yo fingiendo poco interés le decía de mis trabajos periodísticos, engañándolo de gran éxito en ellos. El encuentro fue breve, nos despedimos con un gran apretón de manos, y él con una fija y sincera mirada me dijo -ya sabes que los amigos están para ayudarse- . Se me hacía tarde, tenía que escribir algo para mañana, me apresuré en ir a almorzar. El chino Masaya más acriollado que nunca me contaba chistes que había oído en el bar de Zoilo.
Tratando de expulsarlo de mi mesa, le decía: ¿qué tan cierto es eso de la poca proporción de órgano masculino que tienen ustedes?, mientras absorbía mi sopa, Masaya muy sigiloso se retiró de mi mesa. ¡Chino Huevon! , con todo el dineral que se maneja, para que le importa el tamaño de su pene. Los padres de Masaya llegaron al Perú con toda esa ola de invasión en los años 1874-75. Seis de la mañana, el gallo tiritando de frío emanaba sus cantos. Me desperté y me dirigí hacia los escritos, que dejé en el escritorio anoche. Despedí a mi madre con un beso en la frente, me dirigía hacia el trabajo. Cárdenas se encontraba en su oficina, esperaba recibir mi nota, dejándose ver después de esfumarse el humo de cigarro que opacaba su rostro, estiró su brazo, leyó mi nota y dijo: ¿Cuándo dejarás de hacerle crónicas a esa muerte horrible, que ocurrió hace meses ?. Sin vacilar firmó un cheque y me lo entregó, fui a cobrar y me entregaron tres billetes de cien nuevos soles. Al salir de la agencia, recordé los zapatos de Mamá, al culminar la compra aproveché para ir donde el médico, los dolores al estomago ya eran mas fuerte cada día, quería la receta para combatir esta infección.
-¿Doctor Durán, se acuerda de mi?-, Si joven, acompáñeme a mi despacho.

-Joven, lamentablemente lo que usted tiene no es una simple infección, es algo mas serio.

-. Dígame, ¿Usted fuma, seguido?

– Si señor, en abundancia.

 

Mire joven usted esta sufriendo de un trastorno de crecimiento pólipos en el intestino grueso y con el consumo de cigarro está empeorando su estado. Lo que usted está sufriendo es cáncer al estomago. El temor se apoderó de mí, estaba sudando frío y solo pensaba en mi madre.

Joven, el consumo de cigarro queda totalmente prohibido desde ahora para usted. El caso parece avanzado es por eso que mañana, si es que usted dispone del dinero le introduciremos el gastroscopio, al hallar tejido anormal será extirpado y examinado.

 

No me quedé mas segundos en aquel despacho, enseguida me encontré en mi hogar tratando de obviar mi estado, viví el presente, cuando mi madre me regaló una sonrisa al ver sus zapatos nuevos, me sentí la persona mas hermosa de este injusto mundo. También se encontraba en casa, la negra Carmen quien ayudaba a mi madre a comer.

Reflexionando fui a mi buró y abrí el cajón inferior estaba el arma de mi fallecido padre tomé el revólver y cargándolo lo coloqué en mi cráneo, mi madre no tiene la culpa. Salí rápidamente de mi casa, la negra Carmen parecía vaticinar alguna muerte.

Me situé en un lugar solitario estuve pensando en lo que hacia encima de un muro me encontraba, siempre solía decir que el suicidio era una forma cobarde de irse de este mundo, yo era egoísta, que sería de mi madre. Solté el gatillo, quizá ahora ya no seré el periodista sino el protagonista. Disparé y mi cuerpo se tendió en el suelo bruscamente, no estoy en ningún reino de los cielos, sigo acá, sin poder hablar, sin poder consolar a esa madre que tanto quise, sin poder hacer nada, pensé que era lo más fácil y ahora me doy cuenta que esa idea estuvo maquillada.

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