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primaveraHabía muerto el amor y otra vez desde los árboles, las hojas esparcidas de abril teñían y daban formas angostas a las calles. A fin de mes arribó un tanto perezosa la primavera y París ya cargaba con más ramas, más follaje. Un vuelco de pintura verde y un muro interminable de plantas acosaban a los ojos.
…Caminaba tensa, se dejaba ir. Se detenía en cada intersección de los grandes bulevares como si quisiera auscultar detalles de la publicidad sutil e inteligente a veces, que a menudo la distraían o la intrigaban simplemente.
No, ya no esperaba a nadie. Había muerto el amor justo al medio día, cuando se piensa en el hambre o en esa sed insaciable que tan solo un beso lo sacia, lo mata o lo cesa. Había muerto el amor, justo aquí, en la orilla opuesta.
Mientras amaba se resistía a olvidar; mientras cavilaba la perturbaban fantasmas de regresos y adioses.
Evocó el día de su billete Air France, su despedida “funeral”, su pasaporte de estreno. Recordó la hora en que llevaba a cuestas los nervios y sus manos temblorosas abrocharon el cinturón para su primer vuelo.
Un caudal violento de huracanes y terremotos se agitaban dentro suyo. Una sensación de desbordes con aromas de sauce, molle y eucalipto, surcaban su pecho heroico, su vientre tibio. Pensaba en el último aeropuerto, en ventanillas, equipajes e indefinidos pasajeros. Pensaba y sabía que estaba sola desde ese momento. Sola: como, Adán, -se dijo- Y de repente se sintió hombre; hembra pura se supo y se sonrió clandestinamente, Tarzana, musitó su voz interior y: ¡Amazona! Le remitió un eco ultra.

Tomaría un aire de impaciencia para volver un fin de semana. Se dio prisa para llegar a la estación Rambuteau, y el metro llegó junto con la melodía de un acordeón que se plegaba y se extendía en forma de culebra.
¿Cómo saberlo todo? Se preguntó aquel sábado apacible, cerca de la hora dieciséis cuando ni el cansancio, ni las pantallas pudieron retenerla como era su rutina. Qué extraño resultaba todo…
Algunas ráfagas del aire de la tarde se colaban e impregnaban a la habitación bell epoque su brisa de primavera. Ella se asomó a la puerta, se miró en un espejo triángulo, revisó la agenda de su teléfono portable. ¿Cómo saberlo todo? le cuestionaron sus labios en un rezo intrínseco. Enseguida tomó el teléfono e intentó decidir algo pero no llamó a nadie, se quedó en el vetusto canapé frente a un televisor que permanecía sin función todo el tiempo.
Lentamente se durmió, se fue desvaneciendo leve hasta que lo despertó el rubor de un sueño en el que alguien bailaba para ella.
Era sábado aún… Y, había muerto el amor, lo sentía. Pensó en ese momento en hospitales, plazas, mercados, avenidas. Había muerto el amor, lo sabía. Había muerto el amor sin matarlo; de muerte súbita, fortuita; cero atestados, cero atentados. ¡No, que no se culpe a nadie, ni se hable de fracaso! Muerte natural, gratuita; sin doctor, ni dolor, sin entierros, funerales; ni consuelos de almidón para contener la desdicha. Había muerto el amor de manera imprevista.
Ahora la historia tenía que ver con trenes, formularios; con abriles relámpagos, valijas, con metros que se van, que se pierden y aparecen por unos huecos similares al de las fosas nasales.

París como una feria, como un carrusel policromo, te devuelve la ilusión, te embriaga, te libera, te ata, o te mueres también, sin telegramas, ni responso. -Lee en una página.OLYMPUS DIGITAL CAMERA

El teléfono suena e insistentemente llama, del otro lado de la línea alguien la invita. Rubela por un instante llora, se siente santa…Ya ha muerto el amor pero duda, teme; ¡Tarzana, tarzana!, siente un grito interior; ¡Amazona! ¡Amazona! De nuevo la ultra voz. Entonces compulsivamente tira la puerta, se subleva, se marcha.
En sus pupilas centellan, un infierno, un verano, siente una fragua de calor. El viento está silbando al exterior, sus cabellos se extienden. Como una niña traviesa sonríe a la gente.
En la escalera mecánica de nuevo el rubor. Ella contempla su imagen en unas placas metálicas mientras ubica en el mapa diminuto la estación Denfert Rochereau. De repente su corazón, ¡Pum!, ¡pum! –golpea, se agita, quiere salirse. Pero tan pronto se sosiega, se calma, la deja libre. Y empieza a cantar para ella.

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